DESDE MI MUNDO
- Por Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Los científicos advierten que los ecosistemas de todo el mundo están en peligro. Desde bosques y tierras áridas hasta tierras agrícolas y lagos, los espacios naturales de los que depende la existencia de la humanidad están llegando a un punto de no retorno.
Hay quienes lo creen y quienes no, pero vayamos a los que creen. Los números no mienten, la ciencia tampoco y los hechos menos.
Según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, hasta el 40 % de las zonas terrestres del planeta están degradadas, lo que afecta directamente a la mitad de la población mundial. El número y la duración de los periodos de sequía aumentaron un 29 % desde el año 2000 y, si no se toman medidas urgentes, las sequías podrían afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial en 2050.
Entonces me puse a fantasear sobre posibles escenarios. ¿Te imaginas el mundo a oscuras? Un mundo sin energía, sin luz, sin agua potable, sin tecnología ¿Sobreviviría el hombre moderno?
Yo lo veo de esta manera:
El calor sería tal que extrañaríamos los árboles que cortamos y el pasto que cubrimos de cemento para construir una pieza más en la casa. En los edificios muchos se sofocarían y pronto comenzaría un éxodo sin precedentes.
Desde 1990 se perdieron unas 129 millones de hectáreas de bosques (una superficie casi equivalente a la de Sudáfrica).
En poco tiempo buscaríamos agua potable para beber. Se desataría una guerra masiva. No sería de países contra países sino de amigos contra amigos, familias contra familias, vecinos contra vecinos.
Se tomarían los centros de distribución y en poco tiempo se agotarían las reservas de agua tratada. La gente se volcaría a lagos y arroyos, pero solo encontraría fuentes de agua envenenadas, grandes reservorios de contaminación y nuestra propia basura.
Más de 1.000 millones de personas sufrirán en el futuro la escasez de agua a causa de la contaminación, la superpoblación y el cambio climático según la Organización Mundial de la Salud.
No podrían cargarse celulares ni computadoras. Los sistemas de comunicación colapsarían y pronto unos y otros quedaríamos aislados. Perdidos, intentando sobrevivir a la larga noche.
El mundo ya no sería el lugar que era. Solo sobrevivirán los fuertes, pero no por mucho tiempo.
Se estima que cerca de un 99,9 % de todas las especies que alguna vez existieron están actualmente extintas. De acuerdo con un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza, 7 de cada 10 animales hoy vivos en el planeta estarán muertos en los próximos 50 años.
Es una predicción apocalíptica, improbable. No va a suceder. Pero estamos destruyendo aceleradamente el planeta. Si no lo entendemos y tomamos conciencia alguna vez podríamos arrepentirnos. La improbabilidad no destituye a la realidad.
Pero es una fantasía… ¿Lo es?...
Esa… es otra historia.
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Los dos jinetes del Apocalipsis que amenazan con desatar una tormenta económica en Latinoamérica
Dos jinetes del Apocalipsis amenazan con ensombrecer el horizonte económico de Latinoamérica en 2027. El encarecimiento del petróleo y el aumento de las tasas de interés de largo plazo figuran entre los principales riesgos que podrían golpear las inversiones, elevar los costos de producción y poner a prueba la capacidad de resistencia de las economías de la región.
Así lo advierte un informe del banco estadounidense Citi, del que se hizo eco la agencia RT este viernes 30 de octubre, al analizar los factores externos que podrían complicar el desempeño económico latinoamericano durante el próximo año.
El primero de estos riesgos tiene nombre y precio: petróleo. La escalada de las tensiones en Oriente Medio, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la crisis comercial provocada por el cierre del estrecho de Ormuz, ha puesto en jaque el abastecimiento energético mundial. Si el conflicto se prolonga o se intensifica, sus consecuencias podrían extenderse hasta 2027.
El impacto no se limitaría al mercado de los combustibles. Un barril más caro puede encarecer el transporte, la producción industrial y la distribución de mercancías, trasladando las presiones a numerosos sectores de la economía. Para Latinoamérica, esto representa una amenaza tanto para la actividad empresarial como para el poder adquisitivo de la población.
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Las proyecciones de Citi contemplan un precio promedio de USD 66 por barril para el crudo Brent en 2027. Sin embargo, el escenario podría volverse mucho más sombrío si la confrontación geopolítica se agrava: la cotización llegaría a dispararse hasta los USD 120 por barril.
Segundo jinete
El segundo jinete avanza desde los mercados financieros. Las tasas de interés de largo plazo registran una presión alcista en distintas economías, con especial atención sobre Estados Unidos, donde la Reserva Federal aprobó en septiembre su primer aumento desde julio de 2023.
Ernesto Revilla, economista jefe de Citi para América Latina, advirtió que el encarecimiento del financiamiento a largo plazo comienza a generar preocupación por sus efectos sobre la inversión mundial. Cuando pedir dinero prestado resulta más costoso, las empresas pueden postergar proyectos, limitar sus planes de expansión y reducir el ritmo de creación de empleos.
Para las economías latinoamericanas, esta combinación podría convertirse en un doble frente de presión: energía más cara y condiciones financieras menos favorables. Un escenario que amenaza con enfriar las inversiones precisamente cuando los países necesitan impulsar su actividad productiva.
Pese a estos riesgos, Citi mantiene una perspectiva de crecimiento regional del 2,1 % para 2027, ligeramente superior al 1,9 % previsto para 2026. El banco considera que Latinoamérica ha demostrado capacidad para resistir los recientes golpes a la economía mundial.
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Apocalipsis, el mundo que viene
- Por Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
En estos días se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente y hoy quiero celebrarlo de la manera que más me gusta. Contándote una historia. ¿Comenzamos?
¿Te imaginas un mundo a oscuras? Sin energía. Sin agua potable. Sin tecnología. Sin ese hilo invisible que sostiene nuestra vida cotidiana. ¿Cuánto tiempo resistiría el hombre moderno si todo eso se apagara de golpe?
Yo lo imagino así.
El calor sería insoportable. Los árboles que cortamos y el cemento que expandimos sin control volverían como una ausencia física, casi como una culpa ambiental acumulada. Las ciudades dejarían de respirar. Y el aire, atrapado entre el concreto y el asfalto, se volvería más pesado que el silencio.
El planeta pierde millones de hectáreas de bosques cada año. Según la FAO (FRA 2025), la Tierra aún conserva unos 4.140 millones de hectáreas de bosques, pero la presión no se detiene: la pérdida neta global ronda los 4,12 millones de hectáreas por año, impulsada por la expansión agrícola, los incendios y el cambio climático.
El agua sería el primer límite real.
Más de 2.000 millones de personas en el mundo ya enfrentan escasez de agua potable al menos un mes al año, según ONU-Agua. Y el escenario se agrava: el crecimiento poblacional, la contaminación y la crisis climática empujan sistemas enteros al borde del colapso. Uruguay, acá cerquita, ya lo vivió el año pasado.
No sería una guerra entre países primero. Sería una guerra entre cercanos: vecinos, familias, amigos.
La escasez no tiene bandera.
Las redes eléctricas caerían. Los sistemas de comunicación se apagarían. El celular, ese objeto que hoy parece una extensión del cuerpo, se convertiría en un recuerdo inútil en cuestión de horas. Y el mundo volvería a fragmentarse en el más profundo aislamiento.
La biodiversidad también ya está cediendo.
Informes de la plataforma IPBES advierten que cerca de un millón de especies están en riesgo de extinción, mientras que la biodiversidad global cayó entre un 2 % y 6 % por década en los últimos 50 años.
No es un futuro distante: es un proceso en curso. En 2024, los trópicos perdieron alrededor de 6,7 millones de hectáreas de selva primaria, una de las cifras más altas registradas en dos décadas, impulsada en gran parte por incendios masivos y expansión agrícola.
Y aunque en 2025 hubo una leve mejora en algunos países, la tendencia no se revierte: solo se desacelera.
Es una señal ambigua. Como si el planeta respirara… pero con dificultad.
Este no es un relato de ciencia ficción, es un mapa incompleto de lo que ya está ocurriendo.
El mundo no se apaga de golpe, se va apagando por partes. Un bosque menos. Un río contaminado. Una especie que desaparece. Una sequía más larga.
Y lo más inquietante no es lo que podría venir, sino lo que ya empezó a suceder mientras seguimos llamándolo normalidad.
No le voy a poner un final a esta historia por más previsible que sea… te lo dejo para que lo pienses e intentes cambiarlo.
Entre la ficción y la acción no queda mucho tiempo…
Y esa sí… es otra historia.
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La oposición del apocalipsis
- Jorge Torres Romero
En política, la crítica es necesaria. Es el oxígeno de la democracia. Pero cuando la crítica se convierte en profecía apocalíptica pierde rigor y gana estridencia. Decir que el gobierno de Santiago Peña dejará “un país en ruinas”, como afirmó el senador Rafael Filizzola, no es un análisis: es una consigna. Y las consignas, por lo general, sustituyen a los argumentos.
¿Cómo puede un legislador ignorar –o peor aún, omitir deliberadamente– los datos objetivos que hoy están sobre la mesa? Paraguay ha alcanzado el grado de inversión, un hito histórico que durante décadas fue apenas una aspiración técnica. Ese reconocimiento no es una narrativa oficialista; es la evaluación de calificadoras internacionales que miden estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y previsibilidad institucional.
¿Eso es “un país en ruinas”?
El crecimiento económico sostenido, la expansión de la inversión pública y privada, los programas de inversión social ampliados y los esfuerzos por ordenar la administración del Estado tampoco encajan en esa descripción catastrófica. Se han encarado reformas estructurales –discutibles, perfectibles, debatibles–, pero reformas al fin. Y reformar implica asumir costos políticos. No es precisamente la conducta de un gobierno que administra escombros.
La oposición tiene todo el derecho de cuestionar. Es más: tiene la obligación de controlar, auditar y denunciar cuando corresponde. Pero la torpeza aparece cuando la crítica se divorcia de la realidad. Cuando el discurso se vuelve exageración permanente. Cuando todo es desastre, todo es fracaso, todo es ruina.
Esa miopía no solo empobrece el debate: explica, en buena medida, por qué la oposición atraviesa la situación política en la que se encuentra. No se ganan elecciones generales con diagnósticos desmesurados ni con relatos que desconocen la percepción cotidiana de la gente. El ciudadano común no vive en un país idílico, pero tampoco camina entre escombros.
El problema de los discursos fatalistas es que no construyen alternativa. Destruyen confianza. Generan desánimo. Alimentan una sensación de desesperanza que no aporta soluciones. Paraguay necesita debates serios, contrastes de modelos, propuestas superadoras. No necesita anuncios de catástrofes inminentes.
Decir que todo terminará en ruinas puede sonar combativo en una tribuna partidaria, pero resulta irresponsable en boca de un legislador de la República. La palabra pública tiene peso. Modela percepciones. Influye en la inversión, en el ánimo social, en la estabilidad.
Los paraguayos necesitamos salir adelante. Abrazar este país con realismo; sí, pero también con convicción. Señalar lo que falta, sin negar lo que se ha logrado. Construir alternativas sin incendiar el escenario.
Pero cuando la oposición prefiere el apocalipsis antes que el argumento, termina explicando –sin querer– por qué no logra convencer a la mayoría. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.
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Es preciso detener la marcha del Reloj del Apocalipsis
- Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
- Fotos: Gentileza
Las guerras –tantas veces repudiadas en el devenir de la historia universal– una vez más parece estar a la vuelta de la esquina. No es una sorpresa ni mucho menos algo inesperado.
La aldea global cambia. La tertulia invernal en esta tan fría noche en Mar del Plata –unos 1.450 kilómetros al sur de mi querida Asunción– posibilita que emerjan dudas, interrogantes, convicciones y, por qué no decirlo, preocupaciones. Amigos, amigas y debates cruzados. Mi vieja mecedora junto a los leños crepitantes y los copones cargados con un Gran Enemigo, cabernet franc de 2020, añaden calidez a ese “cónclave para pocos… y pocas”, como propuso alguien en tono de broma en “la previa”.
Las guerras ganan preponderancia en el espacio dialógico. El destrato violatorio de los derechos humanos de más de 125 millones de personas desplazadas, según los reportes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), agrega angustia.
“El propósito globalizador amplio que algunos estadistas a izquierda, derecha y centro impulsaron en décadas recientes parece decaer o, por lo menos, perder impulso”, lanza JJT, académico y catedrático. Lector con voluntad inquebrantable de conocimiento, agrega a ello su sorprendente memoria. Alguien coincide y asegura tener la misma percepción.
“Es así a partir del acceso al poder de nuevos líderes y lideresas que en algunos casos –por sus decires, sentires y acciones concretas– parecen dar señales de tener bajos coeficientes intelectuales para lo que se supone y demanda –justamente– a líderes y lideresas”, sentencia DEG, con años de formación en universidades asiáticas, europeas y en Oriente cercano.
Aquí, allá y acullá, conflictos en desarrollo. Terrorismos amenazantes y novedosas prácticas horrorosas. Armados con letales armas de diseño –incluso on demand– algunos gobiernos y corporaciones por debajo de la mesa privatizan las guerras e intervienen en ellas con mercenarios que asesinan a pedido del mejor postor.
SICARIATO A GRAN ESCALA
“¡El estadio superior del sicariato a gran escala!”, enfatiza AS, analista transnacional amateur. Con el pensamiento puesto en todos aquellos fuegos y nuestro propio fuego, entrecierro los ojos. Percibo que nuestros teléfonos inteligentes vibran.
“A los refugios. Suenan las alarmas”, reporta @bettapique –colega periodista galardonada y con larga trayectoria profesional en conflictos y guerras– desde su cuenta en X. “Israel e Irán intercambiaron disparos nuevamente (…) en su enfrentamiento más intenso de la historia, alimentando los temores de un conflicto prolongado que podría abarcar a Medio Oriente”, agrega la agencia francesa de noticias AFP.
Enmudecimos. Las y los integrantes de este grupo tenemos afectos y recuerdos valiosos en ese lugar del planeta. Tal vez, en silencio, propusimos un brindis por la paz que, también sin expresarlo en alta voz, lo aceptamos. Alguien levantó su copón. “¡Por la paz!”.
El ruego colectivo, sin embargo, no alcanza para dejar atrás los pensamientos. “El mejor camino para olvidar es no pensar”, le hizo decir alguna vez el viejo Ray Collins (92)
–tal vez el más grande escritor de historietas vivo en nuestra región después de la partida del admirado Robin Wood el 17 de octubre de 2021, en Encarnación– al teniente Zero Galván, del imaginario precinto 56 en NYC. “Pero, también, es el más largo”, remató aquel duro héroe latino (migrante) de ficción, aunque no tanto.
Ucrania arde. Gaza agoniza. Israel, aterrorizada. Irán, atormentada. República Democrática del Congo, ensangrentada. Sudán, Yemen, Nigeria, Afganistán, Siria, horrorizadas. Profesionalmente trashumé esos paisajes que millones –a través de milenios– llamamos Tierra Santa y algunos creemos que lo es.
Los grupos de poder que con el correr de los tiempos y la emergencia de conflictos múltiples se crearon para que líderes y lideresas resuelvan entre ellos y ellas los conflictos que se desploman sobre millones de inocentes devienen en púlpitos inadecuados, inútiles, para que los unos y las otras –tal vez– se escuchen entre ellos y ellas.
ALARIDOS
¿Quieren oírse? Los tremendos alaridos desgarradores de las y los desesperanzados no parecen conmoverlos. Millones huyen. Atrás quedan niñas y niños arrancados de sus familias para convertirlos en soldados. Los preparan para que sepan cómo ser eficientes para asesinar en masa.
Las y los adultos despojados de esos afectos entrañables, amenazados por lo que creen peor, se lanzan en busca de refugios incansablemente hasta que intuyen, perciben, sienten que –en verdad– van hacia lo peor. Miles sucumben cuando lo intentan.
Ningún lugar queda lejos para las y los desplazados forzados que, en cientos de casos, comprenden que escapar no siempre es llegar al lugar deseado. Al que creen más adecuado o al que, después de la huida, podría ser el nuevo y fértil campo de arraigo para sembrarlo de sueños. ¡Corramos, las balas pican cerca!
Sin embargo, algunas veces es tan aciago llegar que hasta aquel atrás peligroso que indujo la fuga parece perder sentido cuando –en cada playa a la que se arriba, luego de cada frontera que se cruza o muro que se sortea– se hace el recuento de quienes lo consiguieron entre las y los que partieron unidos en la desesperanzada esperanza.
Nunca fueron pocos ni pocas. Ni cuando las llamadas “invasiones bárbaras”, desde el siglo III de nuestra era, ni cuando finalizaba el siglo XIX y comenzaba el XX, en el “período de migraciones”. Sin embargo, por estos tiempos, los desplazados son muchos más. Quienes mueren en los intentos, también.
DESAPARECIDOS
En 2023, la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) reportó que, desde 2014, “más de 28 mil personas han desparecido” cuando intentaban llegar desde África a Europa. Lampedusa, esa muy pequeña isla italiana, es uno de los tantos puntos de llegada. Se multiplican allí los campamentos solo asistidos por voluntarios de múltiples organizaciones no gubernamentales (ONG) y programas de organismos multilaterales cada día menos dotados de fondos asistenciales.
El Mediterráneo es la ruta inevitable y, a la vez, un riesgoso desafío. A tal punto que a ese bellísimo mar al que los mapas del Imperio romano señalaban y mencionaban como Mare Nostrum, el papa Francisco unos pocos meses atrás lo describió como “un enorme cementerio”. El simbólico averno también pueden ser las olas gigantescas.
¿Y cuando llegan? “Solo la idea, la sensación y la convicción de ser sobrevivientes nos hace sentir bien, afortunados… pero dura poco.
El recuerdo de las y los ausentes pesa, lastima, hiere. Nos persiguen sin descanso”, me dijo mientras miraba fijamente aquel piso arenoso un desplazado con el que pude conversar periodísticamente.
Por breves momentos, sus ojos se perdían en el estrecho de Gibraltar. Miedos. Fantasmas, pensé y la certeza de estar siempre bajo sospecha. Muy cerca está la tan lujosa como deslumbrante Tanger tachonada de residencias ostentosas de ricos y famosos. El jet set no se fija en gastos.
“Solo, voy con mi pena / Sola va mi condena / Correr es mi destino / Para burlar la ley…”. Manu Chao (francés, español, vasco y gallego), como en aquel tiempo, vuelve a sonar en mis oídos. Ayer, hoy y mañana. Espero que no. “Perdido en el corazón / De la grande Babylon / Me dicen El Clandestino / Por no llevar papel (…) Mi vida va prohibida / Dice la autoridad”.
ARRAIGO Y DESARRAIGO
Algunas y algunos lo consiguen. Pero… arraigo y desarraigo suelen ser asignaturas pendientes, para siempre. “No soy de aquí, ni soy de allá, / no tengo edad, ni porvenir / y ser feliz, es mi color de identidad…”, canta desde 1970 el querido Facundo Cabral (1937-2011), siempre en mi corazón, que un frío sábado 9 de julio se fue desde Guatemala luego de cantar junto con miles en, de, desde, por y para la paz.
Una tormenta de violencia se abatió sobre él a las 5:20 de aquel día. El 8 de abril de 2016 la Justicia condenó a medio siglo de cárcel a quienes lo asesinaron. El narco Alejandro Jiménez, el Palidejo, y sus cómplices lo hicieron. Nunca nadie explicó, sin embargo, qué pasó. Mucho menos… por qué sucedió. ¿Por qué a él?, pregunté alguna vez en Guatemala a un magistrado. “¿Por qué no a él?”, fue su respuesta.
Ucrania arde. Gaza agoniza. Israel, aterrorizada. Irán, atormentada. República Democrática del Congo, ensangrentada. Sudán, Yemen, Nigeria, Afganistán, Siria, horrorizadas. La construcción de muros supera ampliamente al tendido de puentes. Asilamientos. Nacionalismos. Terrorismos. Crimen organizado transnacional de alta complejidad.
Algunas expresiones se repiten una y otra vez. Datos, hechos y supuestos se cruzan y entrecruzan. Incertidumbre y dolor. Las guerras –tantas veces repudiadas en el devenir de la historia universal– una vez más parece estar a la vuelta de la esquina. No es una sorpresa ni mucho menos algo inesperado.
EL RELOJ DEL APOCALIPSIS
Cuando finalizaba enero, el Reloj del Apocalipsis –así llamada esa herramienta científica creada por los más relevantes expertos nucleares en 1947– marcó que, en el año que recién se iniciaba, este 2025, faltan 89 segundos para la medianoche nuclear. Horroriza –más que nunca por estos días– ingresar en https://thebulletin.org/ doomsday-clock/. JJT lo hizo desde su celu. “Adelantamos el Reloj del Juicio Final (así también llamado) de 90 (en el inicio de 2024) a 89 segundos para la medianoche”.
¿Es posible? Los sucesores de Albert Einstein y Roberto Oppenheimer nucleados dos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial –cuando Hiroshima y Nagasaki ya estaban incineradas– en el ámbito de la Universidad de Chicago son claros en el uso de la palabra. Son concientes de la gravedad del anuncio que realizan. Eligen puntillosamente cada vocablo para consignar que las agujas del Reloj del Apocalipsis precisan que – este 2025– es “lo más cerca que jamás hemos estado de la catástrofe” nuclear.
“El mundo ya está peligrosamente cerca del precipicio, un movimiento de incluso un solo segundo debe tomarse como una indicación de peligro extremo y una advertencia inequívoca de que cada segundo de retraso en revertir el curso aumenta la probabilidad de un desastre global”, puntualizan después.
Como una suerte de crónica del futuro que –como toda proyección histórica hacia atrás o hacia adelante se formula desde el presente, con lo que se sabe y se tiene hoy para medir y analizar– los analistas sostienen que “en cuanto al riesgo nuclear, la guerra en Ucrania, que ya lleva tres años, se cierne sobre el mundo”.
Agrega el breve texto que “el conflicto podría descontrolarse en cualquier momento debido a una decisión precipitada, un accidente o un error de cálculo”. Pero no se queda allí. “El conflicto en Oriente Medio amenaza con descontrolarse y convertirse en una guerra más amplia sin previo aviso”.
ARSENALES
Escalofriante. Revela luego que “los países poseedores de armas nucleares están aumentando el tamaño y la importancia de sus arsenales, invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en armas que pueden destruir la civilización”.
Lamentan y hacen público aquel día que “el proceso de control de armas nucleares se está desmoronando, y los contactos de alto nivel entre las potencias nucleares son totalmente insuficientes dado el peligro inminente”.
Con amargo asombro – tal vez tentados por la desazón– aseguran que “resulta alarmante que ya no sea inusual que países sin armas nucleares consideren desarrollar sus propios arsenales” y, aunque no señalan a país alguno en esa condición, aseguran que esos desarrollos “socavarían los esfuerzos de no proliferación (de armas de destrucción masiva) de larga data y aumentarían las posibilidades de que estalle una guerra nuclear”.
EL FIN DE LA CIVILIZACIÓN
El párrafo final –que JJT lee en alta voz– suena (y resuena) aún en mis oídos. “Continuar ciegamente por el camino actual es una forma de locura. Estados Unidos, China y Rusia tienen el poder colectivo de destruir la civilización. Estos tres países tienen la responsabilidad primordial de salvar al mundo del abismo, y pueden hacerlo si sus líderes inician conversaciones serias y de buena fe sobre las amenazas globales aquí descritas. A pesar de sus profundos desacuerdos, deberían dar ese primer paso sin demora. El mundo depende de una acción inmediata”.
Siento que las agujas de ese Reloj del Juicio Final no se aceleran ni acelerarán por quienes ejercen el derecho humano “a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”; o “a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”, como lo consignan los artículos 13 y 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1945.
No y solo no. El abismo está delante de un puñado de poderosas y poderosos. Solo ellas y ellos tienen la potestad de dar o no dar ese último paso al frente para detener el reloj o acelerarlo para siempre. ¿Qué es lo que no se entiende?