DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- columnista
- marianonin@gmail.com
Pese a que fue mi segunda vez en ese país, siempre se siente como la primera y nunca deja de sorprenderte. Desde los detalles imperceptibles al asombro. Alguna vez hablé de la sencillez de su gente, de la hospitalidad, del buen trato, y hoy quiero contarles una historia que me tocó vivir.
Fuimos con Yolanda y Jac, uno de nuestros anfitriones, a dar un paseo en metro para conocer el servicio de transporte público. De más está decir que fue una experiencia fantástica.
El metro, así como el transporte público (colectivo), lo usan cientos de miles de personas cada día. Taiwán tiene unos 23 millones de habitantes. Es uno de los sistemas más concurridos del mundo.
Al comprar un boleto (que para nosotros en verdad es una tarjeta) sirve para todo el día. ¿Te imaginás?, solo pagás un pasaje al día y te movés por toda la ciudad.
Uno imaginaría que al ser un servicio tan utilizado, al menos se debería ver una huella, alguien que sin querer deje caer un papelito, un envoltorio de caramelo, algo; pero no, nada. La limpieza es la más clara muestra del respeto que tienen los taiwaneses por los demás.
Nos contaba Jac que se prohíbe fumar, comer y masticar chicle una vez dentro del metro. Los animales (mascotas) deben ir en su jaula, excepto los perros de la policía y de los invidentes.
El metro de Taipéi ofrece un entorno sin obstáculos en todo el sistema; todas las estaciones y trenes son accesibles para personas con discapacidad. Entre sus características se incluyen: baños adaptados para personas con discapacidad, rampas y ascensores para sillas de ruedas y cochecitos, senderos táctiles, puertas de embarque extraanchas y trenes con zona designada para sillas de ruedas.
Cada estación está equipada con pantallas LED y televisores LCD, tanto en el vestíbulo como en los andenes, que muestran la hora de llegada del próximo tren. Los taiwaneses entendieron que el tiempo determina nuestro día a día y todo está planificado para hacer más fácil la vida.
Pero volvamos a la historia que les quería contar. Al igual que un niño admirando lo que ve por primera vez, no lo vi subir. Se sentó frente a mí con su figura frágil y una sonrisa contagiosa. Quitó algo de su mochila, que no llegue a ver, e inmediatamente sus manos se movían como si fueran pajaritos en un vuelo ritual de primavera. Le presté atención porque noté que me miraba cada tanto. Era una persona mayor como tantas otras en Taiwán.
De pronto, estiró sus manos y le pasó algo a Jac. Me miró y fue enorme mi sorpresa cuando descubrí que en ese breve tiempo me había hecho un retrato. Mi reacción latina fue inmediata. Le pregunté a Jac si debía darle algo a cambio, una retribución por su arte. En mi país es así, le dije al traductor.
Hablaron unos segundos en los que no entendí nada, pero al terminar, Jac me dijo: “Notó que sos extranjero y quiso darte una linda sorpresa. Es un artista y quiere regalarte su arte”.
¡Qué emoción! ¿Cómo no llevar un lindo recuerdo de esta gente? Le pedí una foto y nos regaló una sonrisa.
Taiwán es eso. No solo un país tecnológico y bien planificado. Es la sonrisa de su gente, su hospitalidad, su trato. Y es una foto inolvidable… pero esa es otra historia.