EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@nacionmedia.com
Tres veces por semana, durante cuatro horas, la sangre entra a través de unos tubitos de plástico mediante los cuales una máquina “limpia” las impurezas y elimina el exceso de líquidos. Es un procedimiento muy complejo que raya lo milagroso, pero que deja sus consecuencias. Muchos pacientes quedan débiles y tardan varias horas en recuperarse, pero no les queda otra opción, si quieren seguir viviendo.
Unos optan por dormir y olvidar por lo que están pasando y soñar que la vida es distinta. Otros, la mayoría, se zambullen en los celulares y se distraen para pasar el tiempo. A veces, cuando todos están sentados en la sesión ocurre algún imprevisto, un paciente se descompensa o debe ser trasladado en ambulancia.
Ayer, por ejemplo, “atado” a la máquina de hemodiálisis, un paciente leía una información que surgió en un medio: predecía que, a pesar de todos los avances médicos, en los próximos 25 años, la tasa de fallecidos por cáncer subiría a 75 %. La revista médica The Lancet agregaba datos aterradores y explicaba que entre 1990 y 2023 el número de nuevos casos se había duplicado y las muertes por cáncer habían aumentado un 74 %.
El cáncer aparece siempre como la estrella de moda en los medios, con pacientes que protestan por falta de medicamentos o los políticos que sueltan fondos para comprar costosas drogas, pero silencioso y letal, también crece –y con mayor rapidez– el número de personas que deben ser sometidas a la hemodiálisis.
En el sillón de enfrente, en la sala, está una mujer de unos 70 años. Hace meses que llega trastrabillando y con valentía ve cuando las agujas muerden su carne para iniciar el doloroso proceso. Nadie sabe lo que esconde tras su gentil sonrisa, pero esta semana un secreto fortuito dejó en evidencia un hecho que desgarra las creencias más profundas que puede soportar una madre: a pocos metros, su hija, de unos 50 años, también comenzó su tratamiento de hemodiálisis.
A la primera bomba, que le había caído encima y que tenía que aceptar para no morir, ahora le tocaba una segunda, la de su hija. Ambas, en silencio, son sometidas a esas máquinas porque sus riñones ya no funcionan. ¿Mala suerte? ¿Factor de ADN? No.
Aunque no hay muchos datos estadísticos, en una página del Ministerio de Salud Pública de 2016 advertía que el número de pacientes dializados había crecido 24 % con relación al 2015 y habían pasado de 726 a contar con 900 personas que accedían a tratamiento de diálisis. En 2016 había unas 1.300 personas con insuficiencia renal, de las cuales 69 % absorbía Salud Pública y el resto se distribuía en seguridad social, Sanidad Policial y Militar.
Según datos de Salud Pública, el número de pacientes que se dializaban en 2015 pasó de 726 a 2.300 en 2024, es decir, en apenas 9 años hubo un incremento del 216,9 %. A este ritmo, no es de extrañar que cada vez haya más pacientes renales, pero ¿por qué tantos y en tan poco tiempo?
Las bombas que caen ya no son esporádicas. Algo silencioso está ocurriendo, no solo aumentan las patologías de cáncer, sino que muchos más casos de enfermos renales se disparan cada día y no hay una explicación valedera de los motivos.
Ya no basta con aumentar el presupuesto para comprar “más medicamentos para cáncer”, ese planteamiento está desfasado. El número de máquinas dializadoras con sus insumos también aumentó y debe de replantearse de manera urgente el sistema de trasplante, uno de los índices más bajos del país.
Lo que ocurre hoy es real. Mañana les toca diálisis a ambas mujeres, madre e hija, de 70 y 50 años. Pero las bombas siguen cayendo y esta vez te puede tocar a vos, a tu pareja, o a tu propia hija como el caso que tenemos hoy. Lastimosamente, mientras que no te toca no te importa. Pero después es tarde.

