• Por Aníbal Saucedo Rodas

En las últimas semanas se volvió un lugar común, en diversas exposiciones públicas, que el Partido Nacional Republicano carece actualmente de un referente intelectual que interprete y enriquezca los fundamentos ideológicos de esta institución política que ya tiene 138 años de vigencia. Y lo admitieron políticos militantes del propio coloradismo. Esta crisis es el producto final de la desmemoria que rompe los vínculos generacionales y, por tanto, desconoce el camino andado por los mayores, y que debe entenderse desde el concepto de la tradición en palabras del ilustre republicano Pedro Pablo Peña: “Es la herencia que recibimos del pasado y proyectamos acrecentada al porvenir”. Es, en síntesis, la potencia integradora de la historia, como solía repetir el entonces cardenal argentino Jorge Bergoglio. Esas limitaciones son un verdadero obstáculo, especialmente para las nuevas generaciones afiliadas a esta institución partidaria fundada por el general Bernardino Caballero, a la hora del debate doctrinario.

Los nuevos diletantes (aficionados a algún campo del saber), lejos de aclarar su matriz programática, ensombrecen más aun su horizonte de acción desde antojadizos cuan sesgados seudoanálisis, que solo profundizan su desconocimiento sobre el tema –del cual pretenden simular ser expertos– con el pretexto de una presunta modernización de cara a un futuro divorciado de las raíces históricas de la Asociación Nacional Republicana. Así tenemos a rabiosos liberales o libertarios, adoradores de los Chicago Boys o de Javier Milei disertando sobre coloradismo. Una aberración imposible de sostener desde una visión centrada en Blas Garay, Ignacio A. Pane, Fulgencio R. Moreno, Ricardito Brugada, Juan León Mallorquín o Telémaco Silvera. Tamaño extravío ideológico debe ser extirpado y corregido de inmediato. Lo mismo que el discurso hueco rellenado de ignorante soberbia y pedantería.

Ciertamente, los jóvenes deben involucrarse en política incorporando a sus saberes académicos la necesaria formación ideológica. Esa ya era la preocupación de Roberto L. Petit en enero de 1950, cuando criticaba los discursos efectistas “que nada o muy poco de medular contienen y que se dirigen exclusivamente a enfervorizar a las masas, a hablarles de lo que ellas quieren escuchar, sin marcar ninguna orientación, sin clarificar conceptos ni rectificar errores, dejándose las más de las veces arrastrar por los acontecimientos y por el sentimiento que fluye de las masas (…). Se ha usado hasta aquí, en forma intensa, de los discursos, tal vez porque haya sido la forma más cómoda y fácil, con muy escasa preocupación por los trabajos de difusión doctrinaria o de capacitación”.

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El Partido Nacional Republicano requiere con urgencia recuperar su memoria. Volver a sus raíces doctrinarias. Pero con líderes convencidos de su ideología, y no con ventajeros que solo aspiran a aprovecharse de su estructura para llegar al poder y olvidan su razón ideológica. Para ello es imprescindible ilustrarse para hablar con propiedad y obrar con coherencia. Tocar de oído es el camino más fácil para la perversión doctrinaria. El olvido de lo que se fue, también, puede corromper a un partido político y condenarlo a su paulatina desfiguración.

Hasta reducirlo a una simple maquinaria electoral, sin sustento en las ideas cardinales que le dieron nacimiento y andamiaje a lo largo de su historia. Hace más de 75 años, Roberto L. Petit afirmaba que era un imperativo categórico cumplir con “uno de los postulados centrales de todo partido orgánico y principista, cual es el de capacitar al pueblo y hacer que la política no solo se sienta, sino que, también, se piense racionalmente, de manera a elevarla a planos superiores, jerarquizarla y hacer de ella lo que necesariamente tendrá que ser ella: una actividad enderezada totalmente al bien público”.

A propósito, la repetición de esta precisa y contundente sentencia del mismo intelectual colorado, como ya la transcribí en anteriores artículos, es más que oportuna: “Nos corresponde a nosotros combatir y destruir el concepto y la práctica que hacen de la política lo más vil y lo más mezquino, y convierten a la política y a los partidos en conglomerados heterogéneos sin ideales, en donde se dan cita todos los oportunistas y los traficantes que negocian con la función pública y que mal corresponden a la hospitalidad que les da en sus filas un glorioso Partido (Colorado)”. Esa es una tarea que compromete a los jóvenes idealistas de la ANR, no a aquellos que se afiliaron detrás de los privilegios, o las añadiduras, como dice sabiamente la Biblia, sino a jóvenes que –citando a Luis María Argaña– están obligados a expresar su sana rebeldía y su natural espíritu revolucionario. Buen provecho.

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