- Víctor Pavón (*)
Cuando menciono a Occidente me refiero a la civilización que hizo posible el progreso cultural como material como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad.
Todo se inicia en Atenas, Grecia. El hombre se rebela contra el miedo y los peligros de la naturaleza. Movidos por la curiosidad de conocer no solo el cómo sino el por qué, los griegos diferenciaron entre opinión y verdad. Sustituyeron el empirismo de los orientales por la ciencia de la demostración; la teoría, la lógica y el silogismo, el método deductivo e inductivo. Los griegos pusieron en marcha el logos, la persuasión, el poder de la palabra.
Tiempo después, Roma aprende de los atenienses y avanzan un poco más. La libertad sin orden no puede perdurar, decía Marco Tulio Cicerón. Es necesario proteger al hombre de la arbitrariedad del poder. Los romanos no solo desarrollaron el derecho, sino también la ingeniería, el arte y las letras. El gran poeta Virgilio dijo: “ Recuerda romano, debes gobernar a los pueblos; dar leyes y hacer la paz, salvar a los vencidos y humillar a los orgullosos”.
La República romana duró poco comparado al Imperio. Este concentró el poder estatal y así se precipitó su caída. Posterior a Grecia y Roma, el mundo de entonces cayó en una era de obscuridad. Pero la semilla había caído en tierra fértil. El nazareno trajo consigo las buenas nuevas. El cristianismo ya era parte de aquella semilla del cambio, pero, aún faltaba algo.
Ni en Grecia ni en Roma y tampoco durante el feudalismo de la época medieval se rompieron con las hambrunas, el desempleo y la esclavitud. Mientras crecían las masas populares también aumentaba el hambre. Pero algo estaba ocurriendo. “La piedra que los constructores desecharon” hizo su aparición. Al comienzo el cristianismo despreció el dinero. La Iglesia tenía poca comprensión del comercio y de la economía e incluso llegó a prohibir la publicidad por considerarla un robo a la clientela de otro.
Hasta que aparecen Lutero y Calvino. La salvación se obtiene a través de la fe, por tanto, el trabajo arduo no es un pecado original. La cooperación, el esfuerzo y la disciplina podían ser mejor que la vida contemplativa sobre todo para cambiar lo que parecía un destino manifiesto de los miserables desamparados.
Llevando una vida austera y sencilla, los hombres y mujeres agradecían a Dios. No había tiempo para el descanso. Solo se guardaba el día del Señor. Con el impulso de la Gloriosa Revolución de 1688 y del capitalismo liberal en ciernes que proclamaban libertad y propiedad se concilió el capital con el trabajo y con el invento de las máquinas se multiplicaron la producción y la productividad, el ahorro y la inversión. Surgió el desarrollo. Es la civilización occidental: libertad y cristianismo.
(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la república”

