• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Nuestro país tiene poco trecho democrático. Durante los largos y alternados procesos anárquicos y dictatoriales, la conquista de la libertad era el único objetivo. Sobre esa libertad habría de construirse después una política plural, inclusiva y con la búsqueda del bien común como fundamento ético. Una sociedad de iguales, esto es, sin los irritantes y discriminadores privilegios para una élite acostumbrada a sobrevivir a todos los regímenes, aunque algunos, tardíamente, descubrieron su vocación de rebeldía contra el autoritarismo.

Por lo tanto, haría falta un Estado que promueva y garantice la justicia social en defensa de los más débiles, sobre todo las clases históricamente postergadas en las últimas décadas, como los obreros y campesinos. Lamentablemente, hay que decirlo, los resabios de aquella época oscura nos siguen atormentando. No hemos logrado consolidar liderazgos –no hablo de individualidades– que compitan en carácter, mérito y virtud en la descripción ideal del doctor Juan León Mallorquín, un auténtico patriarca republicano, pues, por el contrario, continúa la disputa entre abyectos, obsecuentes, mediocres y zalameros para alcanzar el ansiado vellocino de oro y así aspirar a cargos y fortunas.

Una patria doliente sufre las consecuencias de estos depredadores del erario público y saboteadores sin absolución del bienestar colectivo. Y, antes que extinguirse, proliferan alevosamente a causa de la maldita impunidad. De manera que, quienes hoy deberían estar enfrentando cargos ante la Justicia por los más miserables actos de corrupción, siguen utilizando cualquier escenario a mano para hojear su impostado manual de cómo hay que administrar un gobierno con transparencia, honestidad y eficiencia, desde la oposición interna de la Asociación Nacional Republicana o aferrados convenientemente al poder de turno, ambicionando continuar con el círculo vicioso del crimen que se repite por la ausencia de castigo.

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El ya mencionado maestro de la moral, Juan León Mallorquín, los había caricaturizado hace más de cien años: “Ambiciosos, vulgares, que con propósitos lucrativos y de encumbramiento personal azuzan los instintos atávicos de las muchedumbres (…). Constituyen la mayor rémora que pueda imaginarse para la cultura y el ideal de justicia que persigue la democracia y, por tanto, no son los que deben ser encumbrados con nuestros votos ni con nuestro estímulo, si no queremos entorpecer el curso natural del progreso de las sociedades políticas”. Y añade sin medias tintas: “Los caudillos retrógrados, en efecto, lejos de dignificar al ciudadano, lo conducen fatalmente a la degeneración cívica; y los mercaderes y camanduleros impenitentes no van mendigando votos sino en pos de lucros personales. No embargan su alma ideas redentoras de libertad y justicia, ni se preocupan de los derechos y necesidades del pueblo”.

Después de la larga hegemonía de la barbarie estronista, que algunos alfeñiques mentales quieren revisar porque –alegan– funcionaban los tres poderes del Estado, no hemos logrado constituirnos en una democracia de calidad. Aquella que no se agota en la libertad, sino que aporta el elemento sustantivo de la justicia social, con un gobierno que asuma como opción preferencial el bienestar del pueblo.

Al igual que Mallorquín, otro ilustre político del Partido Colorado, Roberto L. Petit, proclamaba la urgencia de “proteger al pequeño y al desheredado” mediante un poder que sirva “al pueblo, satisfaciendo sus necesidades y aspiraciones legítimas; el poder, rompiendo sectarismos y velando por los valores supremos de la patria en una manifestación de la más genuina democracia”. Ambos hoy son figuras olvidadas dentro del Partido Nacional Republicano.

No hay nada que los grandes líderes de nuestro país no hayan anticipado y denunciado en los tiempos que ejercían la política con generosidad, inteligencia, elegancia y alto compromiso ético. Solo hay que tomarse una hora al día para leerlos o releerlos. Al iniciarse un nuevo año sería importante darle una mirada a la rica historia de quienes honraron los cargos de representación mediante una reputación sin mácula. Siempre se aprende algo. O casi siempre. Buen provecho.

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