Durante décadas, Costa Rica fue presentada como la excepción latinoamericana: sin ejército, con instituciones sólidas y una democracia estable que parecía inmune a los vaivenes ideológicos de la región. La elección de Laura Fernández como nueva presidenta rompe, al menos simbólicamente, con esa narrativa. No porque el país abandone la democracia, sino porque se suma a una tendencia regional clara: el giro a la derecha con promesas de orden, autoridad y mano dura.

Fernández no llega como una outsider antisistema, pero tampoco como una socialdemócrata clásica. Es heredera política del saliente presidente Rodrigo Chaves y encarna una nueva derecha latinoamericana: pragmática, confrontativa, impaciente con los contrapesos institucionales y obsesionada con la seguridad como eje ordenador del discurso público.El dato no es menor. Costa Rica atraviesa desde hace años un deterioro sostenido en materia de seguridad, con el avance del narcotráfico y el crimen organizado erosionando la sensación de tranquilidad que distinguía al país. En ese contexto, la promesa de “mano dura” dejó de ser tabú y pasó a convertirse en capital político.

Bukele como referencia regional

No sorprende, entonces, que Laura Fernández muestre afinidad –explícita o implícita– con el modelo de Nayib Bukele en El Salvador. La narrativa es conocida: seguridad primero, resultados rápidos, respaldo popular y una relación tensa con las élites tradicionales y los organismos de control.Bukele se ha convertido en el referente regional del autoritarismo eficaz, una figura admirada incluso fuera de Centroamérica. Para una parte del electorado costarricense, cansado de diagnósticos sin soluciones, ese modelo resulta tentador. Fernández parece haber leído correctamente ese clima de época.Sin embargo, Costa Rica no es El Salvador. Su entramado institucional, su cultura política y su tradición jurídica hacen que cualquier intento de replicar el “modelo Bukele” enfrente límites más visibles. Allí radica el verdadero interrogante de esta elección: ¿hasta dónde está dispuesta a tensar el sistema la nueva presidenta?

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Orden versus libertades

La victoria de Fernández abre un debate incómodo pero necesario: el equilibrio entre seguridad y libertades. La posibilidad de endurecer leyes, ampliar facultades del Ejecutivo o incluso suspender garantías en contextos específicos despiertan alarmas en sectores académicos, judiciales y de derechos humanos.No se trata de negar el problema de la inseguridad, sino de advertir que la excepcionalidad permanente suele convertirse en norma. América Latina tiene experiencia de sobra en ese camino.Al mismo tiempo, minimizar el mandato popular sería un error. Fernández ganó con un mensaje claro y con respaldo suficiente para impulsar cambios. Ignorar esa señal también sería una forma de desconexión democrática.

Una señal regional

Lo ocurrido en Costa Rica no es un hecho aislado. Se inscribe en un mapa regional donde el electorado parece decir lo mismo una y otra vez: menos discursos, más control; menos corrección política, más resultados. Laura Fernández asume con una oportunidad histórica y una enorme responsabilidad. Costa Rica, la vieja excepción, entra ahora en terreno desconocido. Y América Latina observa con atención.

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