- Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
En el pensamiento presocrático, la reflexión sobre el alma se encuentra íntimamente ligada al problema del movimiento, entendido no sólo como desplazamiento físico, sino como principio de vida, transformación y orden.
En este marco, la concepción de Anaxímenes de Mileto adquiere un lugar central, al articular de modo coherente la noción de alma con un principio material dinámico: el aire.
El interés de Anaxímenes (590 a.C. - entre 528 a.C y 525 a.C.), filósofo griego, discípulo de Tales de Mileto, por la naturaleza del alma deja como legado una concepción que, más allá de la distancia temporal y de la imposibilidad de una transcripción literal de su pensamiento, se articula en torno a una pregunta decisiva, ¿qué relación existe entre la función cohesiva que se atribuye al alma humana y el hecho de que el aire envuelva y sostenga al mundo en su totalidad?
Al concebir al alma como un elemento material, no por ello carece de función estructurante, dado que es un principio capaz de otorgar unidad, cohesión y dinamismo a los demás elementos.
De este modo, el filósofo milesio establece una analogía fundamental entre el ser humano y el cosmos, en la que el universo aparece como una suerte de ampliación del organismo humano, regido por orígenes plenamente análogos.
Así como el alma mantiene unido y viviente al cuerpo, el aire circunda, penetra y ordena el mundo.
Aquello que vivifica el cuerpo del hombre es el soplo ardiente, “el aliento vital”, que identifica vida y alma en una misma génesis, anticipando una comprensión antropológica en la que lo psíquico y lo físico no se oponen, sino que se continúan en una idéntica sustancia vigorosa.
En Anaxímenes, esta intuición alcanza una formulación particularmente clara, el aire, en cuanto alma, es aquello que, al moverse y al hacer mover, funda la continuidad entre lo humano y lo universal.

