• Marcelo Pedroza
  • Psicólogo y magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

El pasaje del Canto XVIII de la Ilíada condensa, con una sobriedad conmovedora, una intuición antropológica de enorme profundidad. Cuando Homero, a quien se le atribuye la autoria del poema épico citado, y quien se estima nació y murió en el siglo VIII a.C., pone en labios de Tetis las preguntas dirigida a Aquiles: “¿Por qué lloras?, ¿qué pena ha llegado a tu mente?”, las que no se limitan a describir una escena de consuelo materno, sino que articulan una comprensión temprana de la interioridad humana como ámbito que necesita ser dicho, expuesto y compartido.

Las interrogaciones no apuntan solo al llanto visible, sino a aquello que ha llegado a la mente. El dolor no es aquí un mero acontecimiento físico ni una reacción instintiva, sino una experiencia que atraviesa el plano interior y reclama el poder de la palabra. La emoción, en Homero, no queda encerrada en la subjetividad muda, vive en el lenguaje.

De allí la fuerza de las palabras aladas, (expresión homérica clásica que define las palabras eficaces, rápidas y significativas que fluyen del hablante al oyente), que no son simple ornamento poético, sino el vehículo por excelencia del tránsito afectivo desde el interior hacia el otro.

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Este gesto homérico revela una concepción del ser humano en la que el sentir es inseparable de la expresión. El llanto de Aquiles no es debilidad, sino manifestación legítima de una conmoción del thymós, ese centro vital que denota la energía donde se anudan la ira, el dolor, el coraje, el ánimo y la pasión, ese todo que habita en el corazón.

El héroe, incluso en su grandeza épica, no queda exento de la vulnerabilidad, su humanidad se confirma precisamente en la posibilidad de llorar y de ser interpelado a decir lo que le acontece.

Desde esta perspectiva, el mundo homérico no aparece como un estadio primitivo de la conciencia, sino como un horizonte en el que ya se reconoce que la experiencia emocional exige un cauce simbólico. Expresar el dolor, no ocultarlo, es condición para habitarlo humanamente.

En ese sentido, Homero anticipa una constante que atraviesa las épocas: el ser humano, ayer como hoy, vive el tránsito de sus emociones y necesita narrarlas para no quedar absorbido por ellas.

Así, el diálogo entre Tetis y Aquiles no pertenece solo al pasado mítico. En él se cifra una verdad permanente: tanto en el dolor como en la alegría, el mundo interior busca palabra. Y en ese acto de decir lo que se siente, el ser humano se reconoce a sí mismo como tal, en continuidad silenciosa entre Homero y nuestro presente.

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