DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
La madre llegó con el casco entre las manos. Era un casco negro, gastado, todavía con algunas marcas del camino. Lo sostenía fuerte contra el pecho, como si al abrazarlo pudiera abrazar también a su hijo.
Preguntó dónde estaba. Le dijeron que en terapia.
Preguntó si estaba grave. Nadie quiso responderle con una palabra que pudiera romperla.
Entonces se sentó.
Y esperó. Espero en ese momento donde las preguntas y los recuerdos se mezclan en el dolor.
Mientras aquella mujer esperaba detrás de una puerta del Hospital de Trauma, en algún lugar de la ciudad seguramente alguien iba apurado.
Un motociclista cruzaba un semáforo en rojo. Otro aceleraba porque llegaba tarde. Un automovilista había tomado, pero pensó que no tanto, además los accidentes siempre le ocurren a los demás.
Pero aquella madre ya sabía que no, que los demás somos nosotros, que una calle puede convertirse en una sala de hospital en apenas un segundo. Y que una moto puede llevar encima mucho más que una persona. Puede llevar una familia entera.
Hay números que parecen fríos hasta que uno consigue ponerles un rostro. Eso es lo que me gusta hacer cuando escribo.
En el primer semestre de 2026, Paraguay registró 667 personas fallecidas en siniestros viales. Es decir, más de tres personas por día que no volvieron a casa. Y detrás de cada una de ellas hubo una familia que tuvo que aprender, de golpe, a vivir con una ausencia.
No son los únicos números.
Entre 15 y 20 millones de guaraníes puede costar un solo día de terapia intensiva para un paciente grave, víctima de un siniestro vial. Entre 8 y 10 millones, un día en una sala común.
Millones que empiezan a correr desde el momento en que una vida queda suspendida entre la esperanza y el miedo.
Pero hay un número que duele más todavía.
El Hospital de Trauma estima que tres de cada diez personas que sufren accidentes en motocicleta quedan con algún tipo de discapacidad.
Tres de cada diez.
Tres personas que quizá vuelvan a casa, pero con una vida diferente y con una familia que tiene que aprender a cuidarlo.
Y entonces los millones dejan de ser millones. Se convierten en medicamentos, en cirugías, en meses de rehabilitación, en días sin trabajar. En padres que dejan sus empleos para cuidar a sus hijos. En hijos que se convierten, demasiado pronto, en adultos.
Por eso quizás estamos mirando mal el problema. Nos preocupamos por cuánto cuesta atender a un herido, sin detenernos en cuánto nos está costando evitar que se lastime.
Al final, ningún presupuesto alcanza para reparar completamente una vida quebrada. Ninguna terapia puede devolver exactamente el cuerpo que teníamos. Ningún dinero puede comprarle a una madre la tranquilidad de volver a escuchar la llave de su hijo abriendo la puerta.
Pero aquel día, la mujer seguía sentada apretando el casco entre sus manos.
Y quizás, mientras esperaba, no pensaba en millones. Tenía una sola cosa en su cabeza. Que su hijo volviera.
Pienso que no debería ser necesario acercarnos mucho al dolor para entender algo tan sencillo.
Detrás de cada moto hay una historia; detrás de cada accidente, una familia.
Y detrás de cada número, una persona.
Por eso, cuando volvamos a subirnos a una moto, cuando tomemos el volante, cuando tengamos prisa, cuando pensemos que “por esta vez no pasa nada”, deberíamos recordar aquella puerta de terapia.
Y recordar que un segundo de imprudencia puede costar 20 millones de guaraníes.
Pero también puede costar algo que no tiene precio: la vida que alguien está esperando que vuelva a casa.
Pero esa… es otra historia

