Existen dos caminos para alcanzar los objetivos personales en la vida, separán­dose ambos radicalmente de acuerdo con los medios que cada uno elija para llegar a su cometido. Uno es noble, éticamente ponderable y moralmente ejemplificador: es la educación como herramienta para el ascenso social. Un ascenso escarpado, con obstáculos y sinsabores, interminables vigilias sobre los libros, con profundo sentido de honestidad para enfren­tar los procesos y los exámenes puntuales.

La cuestión no es pasar al siguiente nivel, como si fuera un juego en línea. Se trata fundamentalmente de ir adquiriendo un grado más de conocimiento para que al final del ciclo no sea un simple egre­sado, sino un auténtico graduado. Pero la verdadera carrera empieza cuando concluye la universidad. Es la formación permanente y la actualización cons­tante y, sobre todo, la lectura sistemática que va abriendo el horizonte mental hacia escenarios cada vez más amplios, en que las especialidades técni­cas adquieren el necesario ropaje de la concepción humanista de la existencia.

Esa es una contribución imprescindible para la constitución integral del hombre y la mujer. Aquí es preciso aclarar que el ascenso social al que alu­dimos más tiene que ver con la consideración y el respeto que una persona se gana ante la ciudada­nía que con la acumulación de bienes materiales.

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Pareciera un contrasentido, una paradoja, que un sistema educativo nacional históricamente muy cuestionado, de repente, lance figuras brillan­tes en diferentes campos del saber. Y la explica­ción no es muy compleja: tuvieron la posibilidad y la voluntad de seguir formándose más allá de las aulas. Mostraron interés en ser los mejores en su profesión.

Por encima de ganar dinero –cobrando lo que les corresponde por su trabajo–, desarrollaron un profundo sentimiento de solidaridad social. Eso pudo corroborarse hace poco durante la constitu­ción de la primera Academia Paraguaya de Odon­tología, un hecho que pasó desapercibido para la mayoría de los medios de comunicación tradicio­nales, pero que está marcando un hito en la bús­queda incesante de la excelencia compatible con el humanismo.

Es seguro que, dentro de poco, veremos los prime­ros frutos de este acontecimiento que permitirá a los profesionales paraguayos de esta especialidad integrarse plenamente a las demás academias del mundo. Y decimos que pudo comprobarse esa base de apego al prójimo porque la mayoría de ellos y ellas han demostrado su don de gente y honora­bilidad en su trajinar diario en nuestra sociedad. Actitudes que fueron refrendadas con sendos dis­cursos que testimonian la conducta reconocida de estos profesionales.

El otro camino es el de la obsecuencia, el servi­lismo y la abyección. Hombres sin honra, moral ni carácter que pudieron llegar más lejos de lo que sus limitados conocimientos les permitían, mediante su habilidad para congraciarse con los que ejercían el poder de turno.

Así, algunos llegaron, incluso, a los más elevados cargos sin más “méritos” –valga la expresión– que la lengua aduladora y el espinazo flexible. Para su ascenso económico se valen de una escalera para trepar. Y esa escalera no es otra que la política. Una política infestada de mediocridad, con deshilacha­dos discursos, sin rigor ni contenido serios.

Varían el mensaje de acuerdo con las circunstan­cias, con un lenguaje grandilocuente, pero insulso, con tal de ajustarse a la situación momentánea para beneficio propio, de su familia y de su cír­culo más cercano. Y si es necesario, este último es también sacrificable para que la repartija sea más abundante.

Así se hicieron millonarios de la noche a la mañana. De una vida de cinturones ajustados, y algunos desde la más absoluta indigencia, hoy exhiben cuantiosas fortunas que habrán de here­dar, posiblemente, hasta sus hijos. Y todo esto, penosamente, en un marco de exasperante impu­nidad que, a su vez, les facilita la ocasión para pon­tificar y cuestionar a los actuales gobernantes, sin una mínima pizca de autoridad moral.

Y, por último, aparece en escena la especie de los excepcionales, aquellos que le dieron al Paraguay un lustre intelectual y patriótico único en el con­cierto de las naciones. Podemos citar, entre otros, a Augusto Roa Bastos, José Asunción Flores, Elvio Romero, Carlos Lara Bareiro, Robin Wood (leído hasta por Umberto Eco), Carmen Soler y Rubén Bareiro Saguier.

Sabemos que esta lista es, ciertamente, incom­pleta y, por tanto, injusta, porque ella no se agota con estas grandes figuras ejemplares citadas. Son, en verdad, muchísimos –innumerables– los gran­des paraguayos cuyas vidas han estado unidas por un mismo cordón intelectual, cual es la convicción insobornable para defender sus ideas, el coraje para enfrentar las tempestades y, sobre todo, una constitución ética y moral inquebrantables.

Una prueba de ello es que ninguno murió rico. Hoy tenemos, sin embargo, una generación de jóvenes dotados de grandes títulos, pero que se han sometido a las reglas del consumismo, arrastrando impostu­ras y repitiendo los mismos vicios de sus mayores. Paraguay, sin dudas, precisa, con urgencia, de gente sana, honesta y talentosa para procurar conquistar su irrenunciable destino de grandeza.

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