La política –decía Otto von Bismarck– es el arte de lo posible. La presentaba como lo contrario a las utopías, de perseguir sueños que son inalcanzables en apariencia, pero que, sin embargo, pueden constituirse en el motor para romper viejos paradigmas, desmontar opresivas estructuras y promover cambios radicales en una sociedad.

Él apelaba únicamente a lo que puede administrarse a partir de una realidad tangible. Por eso, algunos de nuestros dirigentes solían definir a la política como “administrar realidades”. En el otro polo sonaban las voces de quienes consideraban que su esencia radicaba en “transformar realidades”.

En Paraguay, lamentablemente, pareciera que lo único importante es ganar elecciones. Nadie se ocupa de parar el esférico para mirar más allá del arco, donde está la gente. Frase que nos pone a tono, por cierto, con la efervescencia mundialista que estamos disfrutando últimamente.

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En los últimos tramos de nuestra vida democrática, un solo factor común unía a toda la oposición: derrotar a la Asociación Nacional Republicana, sin más plataformas programáticas que ese único objetivo. Así se fueron tejiendo alianzas y concertaciones con un final que ya todos conocemos: el triunfo sucesivo del Partido Colorado y sus aspirantes a sentarse en el Palacio de López.

Solo en el 2008 pudo triunfar una coalición de partidos y movimientos políticos, cuando Fernando Lugo fue electo Presidente de la República, con un fuerte respaldo del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) que, de hecho, puso en la Vicepresidencia al liberal Federico Franco, quien, después de la destitución del entonces mandatario por la vía del juicio político, asumió la primera magistratura de la Nación por espacio de un año y dos meses.

Después de ese aislado episodio, la oposición volvió a sus rotundos fracasos en las elecciones en que se aglutinaron en torno a Efraín Alegre (PLRA) como postulante al cargo de mandatario.

Es evidente que la oposición no aprende de las malas experiencias. No se pueden construir alianzas sin un previo acuerdo programático. Por eso en el gobierno de Lugo la izquierda y la derecha se pasaban agraviando y agrediendo, sin que el presidente pusiera un punto límite. Sin un documento donde se escriba taxativamente qué se va a hacer en caso de triunfar, el que gana pondrá en marcha su propio plan, sin considerar ni importar las posiciones ideológicas de sus compañeros de ruta. Ahí empiezan las discrepancias que impiden gobernar con tranquilidad para que la gestión pública pueda beneficiar a la población, especialmente a los más necesitados. Más allá de la idea y el deseo vehemente de derrotar al partido fundado por el general Bernardino Caballero –ese es, finalmente, el objetivo de los partidos políticos–, la oposición debería abocarse a ofrecer un panorama claro y preciso a la sociedad a la cual aspiran a servir.

Dentro de la Asociación Nacional Republicana se complica la plena unidad de los movimientos internos –una vez conocido el resultado– por el lenguaje violento que utilizan quienes pretenden defenestrar al oficialismo. Y, lógicamente, desde el poder se responde además en consecuencia.

Las rémoras de quienes en tiempos electorales desertan de su causa también están latentes dentro del propio partido. Porque, en los últimos años, en nombre de la “paz partidaria”, los desertores vuelven a sus filas con absoluta impunidad. Por eso, creemos firmemente que es tiempo de centrarnos en ideas. En aquellas que puedan proyectar una luz esperanzadora para quienes viven en la pobreza y en su punto extremo.

Ellos deben ser el foco de atención, principalmente para las elecciones municipales que se realizarán el año próximo (2026). Porque el pueblo quiere paz y sueña con programas sociales que alivianen el peso de la subsistencia diaria.

Hace rato ya se hartó de los discursos descalificadores y las arremetidas injuriosas, que únicamente sirven para el deleite del morbo ciudadano y, sobre todo, para abonar las portadas y los titulares de las corporaciones mediáticas contrarias al Partido Colorado y al actual gobierno.

Tenemos que recuperar la esencia de la política: la búsqueda del bien común, el debate reluciente de las ideas y la capacidad de vernos simplemente como adversarios ocasionales, y no como enemigos recalcitrantes e irreconciliables. Y más allá de apuntar a lo posible, a lo realizable, a lo que tenemos a mano, siempre se tiene que desplegar un programa ambicioso y soñador.

Pero, al mismo tiempo, creíble y, también, realizable, sin vanas ilusiones ni falsas expectativas; o sea, un programa serio y maduro, que pueda concretarse con el esfuerzo colectivo de todo el país, donde nadie se sienta excluido ni pueda exponer la excusa de haber sido dejado afuera. Un solo partido político no podrá llevar adelante esta empresa que es gigantesca.

La postergada prosperidad de nuestro pueblo está en juego. Y nadie, que se precie de ser patriota, debería retacear su apoyo y concurso.

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