El debate es el nervio motor de la democracia. Es el espacio abierto para exponer criterios de divergencias o posiciones controversiales entre dos o más personas (por ejemplo, entre aspirantes a un mismo cargo) o cuerpos deliberantes (como el Congreso de la Nación o las juntas municipales).
Por tanto, trata de enriquecer el tema en el tapete aportando ideas que contribuyan a esclarecer el concepto que la ciudadanía tiene sobre dicho punto.
Es una información necesaria, imprescindible, para que la gente tome decisiones. Sin embargo, debemos lamentar que este último objetivo sea, precisamente, lo que lleva a muchos parlamentarios, concejales y políticos en general a desvirtuar esta práctica que define el sentido de las sociedades libres. Decimos pervertir porque las discusiones no tienen como propósito confrontar posiciones con inteligencia, conocimiento y respeto, sino que se reduce a una descalificación permanente, tratando de desacreditar al adversario con ataques personales para intentar invalidar de esta manera sus juicios de valor.
Tal descripción es el espectáculo que a diario presenciamos y que tiene como protagonista a referentes de los diferentes partidos políticos y sus sectores internos.
Es más, no son pocos los dirigentes que a la hora de proyectar sus propuestas sufren de una conveniente amnesia, pues reclaman a las actuales autoridades lo que ellos no hicieron cuando estaban en el poder. Lo que, benignamente, deberíamos considerar como incoherencia, para no utilizar términos más gruesos, como cinismo o hipocresía.
Consecuentemente, ambicionan que el elector, en este caso, instale en su conciencia tales artimañas o estrategias electorales como si fueran verdades absolutas. Veamos. El aspirante presidencial, nuevamente, Arnoldo Wiens es un hombre inconstante, de doble ánimo, como diría la Biblia.
Y hacemos referencia a la Palabra de Dios porque, justamente, este personaje es un pastor evangélico que abandonó su apostolado para incursionar en la política; pero no lo hizo con las armas de un cristiano, lo cual sería encomiable porque traería luz a esta actividad muy contaminada por los vicios humanos, sino que rápidamente se vistió con el viejo traje de los políticos, empezando con la conducta farisaica de condenar la paja en el ojo ajeno, mientras ignora la viga que tiene en el suyo.
Pero la ciudadanía está aprendiendo a informarse. Y ya puede separar las volutas de humo de la realidad.
En los últimos días circuló por las redes sociales el video de Wiens criticando severamente –está en su derecho– el mal estado de algunas rutas de tierra, mientras descarga toda su artillería en contra del actual presidente de la República, Santiago Peña. A nadie, repetimos, se le puede negar el derecho a la crítica en una democracia.
No obstante, para que esos cuestionamientos tengan credibilidad, quien los realiza debe demostrar testimonio de vida. Para quienes siguen creyendo que somos un “pueblo de cretinos” es oportuno recordar que Arnoldo Wiens fue ministro de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) durante la administración más corrupta de toda la transición democrática: la de Mario Abdo Benítez.
Es responsable de la denominada “pasarela de oro”, que concluyó con demostradas sobrefacturaciones.
Fue el secretario de Estado que actuó como puente para que las constructoras vialeras compraran asfalto casi con exclusividad de la empresa proveedora de este insumo del entonces presidente de la República, o sea, su jefe, Abdo Benítez.
Muchas de las rutas construidas durante el periodo en que Wiens estuvo al frente del MOPC hoy están totalmente deterioradas a raíz de una ecuación maldita que solo sirvió para que unos cuantos se enriquecieran: baja calidad y alto costo. No es un ataque a su persona, sino a su pasado como cabeza de una institución corrupta que privilegió a los amigos del poder de turno.
Atendiendo a lo que explicamos al inicio de este editorial, Wiens no aporta al debate, sino que se dedica a la denostación cínica sistemática, tratando de montar un escenario desde donde pueda visibilizarse como precandidato a la Presidencia de la República por el movimiento Colorado Añetete, liderado por Abdo Benítez.
Es un incondicional sofista, enemigo de la verdad profunda (porque primero debió realizar una autocrítica) y de toda ética cristiana. Debería replantear su conducta para honrar la fe que dice tener, pero que traiciona a cada paso. O adjurar de ella. Sería más honesto.

