Luego de cumplir con el último amistoso, ante Uruguay (derrota de 4-1, en Maldonado), previo a la competencia continental, el combinado Sub-23 viaja esta mañana rumbo a Caracas, Venezuela, para intervenir del torneo Preolímpico que arrancará para nuestra selección el domingo 21, cuando enfrente a Argentina desde las 20:00, de nuestro país, en el estadio Misael Delgado ubicado en la ciudad de Valencia.
La selección regresó ayer a los entrenamientos y se filtró que previamente a la actividad hubo un “lavado de cabeza” encabezado por el propio técnico Carlos Jara Saguier. El Bambino se quedó conforme con el rendimiento que tuvo la selección en la primera etapa, donde perdíamos por 1 a 0; sin embargo, en la segunda etapa se produjo el desbande y encajamos tres goles más, incluido el blooper que significó el gol en contra convertido por el defensor Fernando Román. Dentro de tanta malaria, la buena noticia para la Albirroja Sub-23 es que el plantel no sufre de jugadores lesionados.
Los demás rivales de Paraguay, en el grupo B, serán Uruguay (el 24, a las 17:00), Perú (el 27, nuevamente a las 17:00) y Chile (8 de febrero, 20:00).
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Venezolanos al límite por ilusiones de hallar vida bajo los escombros
La historia de un niño que estaría atrapado vivo bajo los escombros de un edificio en Venezuela puso al límite los nervios de las víctimas, más de una semana después de los dos terremotos que causaron más de 2.600 muertos y destrucción generalizada. En medio de los restos del edificio Tahití, varios grupos de rescatistas estuvieron el jueves en el lugar para concluir finalmente este viernes que allí no hay más señales de vida.
Los rumores habían encendido la esperanza de salvar aún a alguien más y alimentaron el esfuerzo de los rescatistas que trabajan sin descanso en el estado La Guaira, la zona cero de los sismos. Un socorrista estadounidense confió el jueves a la AFP que desplegaron a sus perros y que intentaron escuchar con un aparato muy agudo para detectar sonidos, sin lograr nada.
Horas después, sin embargo, un voluntario venezolano aseguraba todavía haber oído gritos en la madrugada y dijo a la AFP que los perros rastreadores no ubicaban al niño porque estaba “muy abajo”. Cuando comenzó a correr el rumor, un grupo de militares rodeó el lugar y cerró el acceso a la prensa.
Katherine Lendoiro, quien acompañó en los esfuerzos de rescate a la familia del niño, confirmó este viernes a la AFP que la Unidad Militar de Emergencias de España presentó un informe con los “diferentes tipos de protocolo que aplicó, el resultado dio negativo”.
“Juegan con el dolor”
“Han venido personas a hacer TikTok y eso corrió a nivel mundial”, se lamenta José Francisco Liendo, de 50 años, quien no se ha alejado del lugar en ningún momento, en su intento por recuperar los restos de su padre y su hermana.
Dijeron que “supuestamente hay un niño que está vivo, que el niño respira, después que si el niño orina, después que si tocó (golpeó). Cada vez que entran los excavadores (les preguntan) ‘¿lo viste?’ (y responden) ‘No, no lo he visto, pero está ahí’. No terminan de decir la verdad. O sea, están jugando con el dolor de los familiares”, se indigna Liendo.
Aloa González, de 50 años, también ha pasado noche y día al pie de los escombros, de donde quiere extraer los cuerpos de su hermana y su tía. Está desconsolada por las esperanzas rotas que había despertado con el supuesto hallazgo de un niño vivo.
“Hubo varias versiones con respecto a los sobrevivientes. Primero se dijo que no podían llegar hasta las personas, que no había forma ni manera, que no había cómo pasar”, explica.
Luego, se dijo que “no sabían si era un niño o una niña, un hombre o una mujer. (Decían) que supuestamente había tocado (golpeado), que era 70 % seguro que ahí hay vida”, refiere.
“Los rescatistas se fueron”
Del doble terremoto que sacudió La Guaira y Caracas han sido rescatadas 6.462 personas, la última de ellas el jueves, en lo que se considera una operación prácticamente milagrosa, pues las probabilidades de sobrevivencia comienzan a agotarse al cabo de 72 horas.
Fue el caso de Hernán Gil, guardia de un estacionamiento que resistió casi ocho días bajo los escombros, pero que había sido contactado desde el lunes y se le pudo suministrar agua y oxígeno por tubos.
El gobierno aseguró que los fallecidos serán identificados, y la presidenta interina Delcy Rodríguez descartó que se vaya a recurrir a fosas comunes.
No hay hasta ahora una cifra de personas desaparecidas, aunque Naciones Unidas estimó que podrían llegar hasta 50.000.
Aloa González evoca el momento en que finalmente se dijo que había un niño bajo el edificio Tahití. “Fino (genial) el niño, porque todos hemos trabajado porque el niño sea rescatado. Ahí están mi hermana y mi tía, y si rescatan al niño yo sería la persona más feliz del mundo. Pero luego se fueron todos los rescatistas”, suelta con dureza.
Fuente: AFP.
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Campaña por Venezuela
La campaña de donación está destinada a los niños huérfanos víctimas del terremoto.
Con el propósito de brindar apoyo a quienes más lo necesitan, Sudameris impulsa una campaña solidaria destinada a recaudar fondos para acompañar a niños que quedaron en situación de orfandad como consecuencia del terremoto en Venezuela, además de contribuir a la recuperación de las comunidades afectadas.
La iniciativa busca unir a clientes, colaboradores y a la sociedad en general en un mismo gesto de solidaridad. Los fondos recaudados serán destinados a instituciones especializadas que trabajan brindando protección, cuidado y contención a niños que hoy se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.
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Venezuela: el drama de buscar una madre por chat y llorar a tus muertos por streaming
Desde Ecuador, Suiza y Alemania, María Pessina y sus hermanos pasaron cuatro días buscando noticias de su madre en grupos de chat y redes. El sábado una foto les confirmó lo peor: Magnolia murió en el derrumbe de su edificio en el doble terremoto que sacudió a Venezuela. “La agonía terminó”, suspiró Pessina, investigadora venezolana en Quito, cuando pudo confirmar que la ropa de uno de los cuerpos encontrados bajo los escombros era de su madre, de 79 años.
La propia María podría haber estado allí. Había estado de visita durante tres semanas y abordó el avión de regreso a Ecuador unas horas antes de los sismos del 24 de junio. “El terremoto ocurrió cuando yo volaba”, dice a la AFP por llamada telefónica. Al aterrizar, “explotó el teléfono de mensajes porque mucha gente creía que yo seguía en Caracas”, cuenta.
Antes de reencontrarse con los suyos para ir a casa, “ya había recibido un video del edificio en el suelo”. “Ahí la desesperación pasó a otro nivel”, confiesa. Ella y sus hermanos empezaron entonces una angustiosa búsqueda. Activaron grupos de chat de la familia y de vecinos y contrataron a un motorizado para revisar las listas de vivos, heridos y desaparecidos en los hospitales de Caracas.
Gracias a un grupo de WhatsApp, los vecinos de los 14 pisos del edificio Petunia en Caracas pudieron reconectar con los emigrados que buscaban a sus familiares desde Miami, España, República Dominicana, Panamá o Ecuador.
El viernes, un mensaje de ese chat informó que habían recuperado un cuerpo similar al de Magnolia. Un día después, María confirmó que era su madre.
“Pasé tres semanas limpiando y doblando su ropa, por eso pude reconocer lo que llevaba puesto en esa foto”, explica esta investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.
“No sabemos nada de él”
La desesperación de los Pessina se repite entre millones de venezolanos en el exterior. Muchos siguen buscando a familiares entre los más de 2.300 muertos y decenas de miles de desaparecidos de los terremotos de hace una semana, sin poder viajar ni sepultarlos en su país.
Venezuela cuenta con el mayor éxodo de la historia reciente de América Latina: 7,9 millones de personas han salido del país en la última década, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
Desde Miami, Madrid y Santiago, esta diáspora movilizó redes para enviar medicinas, pañales y fórmulas infantiles, además de viralizar pedidos de rescate.
“Mi cuñado Jorge Sedano está en el edificio Vallarta, en Playa Grande, y todavía no sabemos nada de él”, dijo desde Miami a la AFP Andre, que prefiere no dar su apellido por motivos profesionales.
En esa zona de La Guaira, arrasada por los sismos, los vecinos se organizaron solos hasta la llegada de rescatistas salvadoreños el fin de semana.
“No he dormido desde que pasó esta tragedia. Publico pedidos de ayuda, de donaciones, reconecto gente; se necesita de todo y me llegan miles de mensajes”, relata.
La indignación la quiebra al confirmar que el martes se suspendieron las labores de rescate en la residencia de su cuñado después de que vecinos sorprendieran a agentes de policía robando dólares entre los escombros. “No llegaron a tiempo para salvar vidas. Quizá mi cuñado estaba vivo en las primeras horas. Pero sí llegaron a robar”.
Un adiós por streaming
“Es raro estar tan lejos, seguir la rutina. Estamos viviendo aquí, con la cabeza allá”, soltó en un chat de amigos del colegio Broli Rumbos, cuando se enteró desde España de que uno de sus amigos llevaba horas buscando a su familia entre los escombros de un edificio en La Guaira.
“Para bien y para mal ahora vivimos en tiempo real lo que pasa al otro lado del mundo”, dice resignada María Pessina.
En el edificio Petunia de su madre, situado en un sector de clase media y acomodado de Caracas, “casi todos tenían familia en el exterior”.
El martes supieron en el chat de vecinos que un matrimonio y su hija habían fallecido. Solo su otro hijo sobrevivió. Estaba estudiando en Italia.
Los Pessina se preguntan ahora cómo despedir a Magnolia a cientos o miles de kilómetros de distancia, probablemente por streaming una vez que las hermanas de su madre reciban las cenizas.
“No sabemos cuándo, todo eso es ahora mismo un caos”, cuenta.
Será una ceremonia con música “porque le encantaba cantar”. Y “me imagino que lo veremos en streaming como ya nos hemos venido acostumbrando quienes hicimos vida lejos”, comenta Pessina. Pero ella quisiera vivirlo con los vecinos del Petunia, con alguna ceremonia “en ese lugar que ahora recobra otro significado para todos”, dice de lo que fue su casa en Caracas desde que nació.
Fuente: AFP.
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Siniestra noche en La Guaira, devastada por los terremotos de Venezuela
Oscuridad macabra quebrada por las luces de linternas y lámparas, silencio roto por el ruido de martillos neumáticos y grupos electrógenos, y ráfagas de aire con olor a cadáver. Ocho días después del doble terremoto de Venezuela, la noche en La Guaira se ha transformado en un escenario lúgubre, a pesar de la solidaridad, muy lejos de su pasado de alegre balneario sobre el mar Caribe.
La mayor parte de los casi 2.300 muertos y miles de desaparecidos de la tragedia del 24 de junio estaban en La Guaira, donde barrios enteros fueron arrasados por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5. Casi 200 edificios colapsaron totalmente, según las cifras oficiales que los pobladores consideran muy por debajo de la realidad.
Unas 15.000 personas damnificadas duermen en carpas en las calles, en canchas y estadios, en parques, en terrenos baldíos. Familiares, amigos y voluntarios se esfuerzan para sacar cuerpos de entre los escombros, sin que se les apague la pequeña esperanza de sacar a alguien con vida. De hecho, ayer jueves ocurrió el milagro de Hernán Gil, un guardia de 43 años, a quien socorristas internacionales consiguieron rescatar en Playa Grande, un barrio de Catia La Mar.
“Sándwich de losas”
Alumbradas por grandes linternas, una decena de personas excavan en una montaña de seis metros de alto formada por los escombros de un edificio de ocho pisos que se desmoronó como un “sándwich de losas”, según la descripción de Manuel Alejos, que opera la grúa.
“Estamos sacando losas, picando las losas, losa por losa, para sacar los cadáveres. Sus familiares necesitan también recuperar su cuerpo para darle su despedida”, explica este hombre que dice haber extraído siete fallecidos de ese edificio.
Ángelo González, un mototaxista de 27 años, llega con agua y comida para repartir. “Ayudamos a nuestros hermanos. Todos tenemos la misma sangre”, dice.
Decenas de personas esperan sentadas en sillas de plástico alrededor del puerto de La Guaira, donde se instaló una morgue improvisada.
Owuar Herrera y doce de sus familiares han estado esperando desde las cinco de la tarde. Este hombre llevó el cadáver de su nieta Dasleidy Herrera, una niña de diez años que fue hallada junto a su abuela, Mildred Moreno, de 50.
Al cabo de una semana, “las encontramos, estaban abrazadas”, rememora mientras espera las actas de defunción para poder llevarse los cuerpos y hacer una misa.
En Caraballeda, otra de las zonas duramente afectadas, no queda más que un montón de piedras de lo que fue el elegante edificio Coral Beach.
Encima de los escombros, un grupo de hombres busca el cuerpo de Dennis Velásquez, de 26 años, hijo de un amigo.
Sobre los restos de metal del edificio han sido colocadas botellas plásticas para evitar que causen heridas. Los voluntarios trabajan como hormigas, pasándose de mano en mano cubos llenos de escombros.
“Pasamos el Penthouse, el piso 12, en el 11 sacamos una familia de seis con un niño de 6 años, y ahora (estamos) en el décimo”, señala Carlos Velásquez. “Queremos encontrar a mi hijo. Desde el día cero estoy aquí para sacar el cuerpo de mi hijo. Si tengo que sacarlo con las uñas, lo sacaré. Mi hijo va a descansar en un cementerio digno”, asegura con la mirada triste.
César González, veterinario rescatista mexicano, le da agua a sus dos perros, Zeus y Bom. Están adiestrados “uno para detección de personas vivas” y el otro “para restos humanos”.
“Entre más pase el tiempo, van disminuyendo las esperanzas. De hecho, todavía hasta hace dos días, digamos que la esperanza era mucho más alta. Y actualmente, pues, ya sabemos que sería raro, sería un milagro”, explica.
“Ya fuimos saqueados”
Policías y militares patrullan para evitar saqueos. El sargento Yonder Maita, de 24 años, custodia a los rescatistas, pero principalmente quiere impedir los robos. “Hay gente que se mete en las casas, en los edificios para robar. Se aprovechan”, advierte.
En las fachadas de las casas que aún están en pie hay graffittis que dicen “Ya nos saquearon”.
En una cancha de fútbol, María Arteaga, de 33 años y madre de cuatro niños, se prepara para dormir en un refugio improvisado bajo un toldo. Nueve personas pasarán la noche en colchones sucios encontrados en la calle. “Es muy difícil. Perdimos la casa, todo. Todo lo perdimos, menos la vida, gracias a Dios”, exclama la mujer.
“Casi no teníamos nada y ahora lo perdimos todo”, comenta su vecino Alexis Ramírez, de 25 años, quien trabajaba en un taller de neumáticos. Está junto con su hija Mía, de dos años, su esposa Fabiola, embarazada de siete meses, y su suegra. ¿Teme convertirse en una persona sin hogar? ¿Le dan miedo las réplicas del sismo? ¿Le tiene miedo a los ladrones? “Perdimos el miedo”, responde.
Fuente: AFP.