- Paulo César López
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- Fotos: Gentileza
El poeta Marcelo Gill publicó recientemente un breve libro de sonetos titulado “Los días repetidos”, bajo el sello de Editorial Rosalba. En esta charla con el Gran Domingo de La Nación, Gill habla de las posibilidades expresivas que brinda esta clásica composición lírica y del sentido de seguir cultivando la poesía en estos tiempos prosaicos que corren.
Ahora está de moda llamar intimista a cualquier cosa, ¿pero qué poesía acaso no lo es? En un poema no hay otro protagonista más que el yo lírico. Por ello, sería redundante caracterizar de esa forma a la poesía de Gill.
En el texto de contratapa, Christian Kent hace una tentadora invitación afirmando que “la verdadera libertad proviene del soneto, repetir hasta olvidar y olvidarse, asumir su arquitectura como una labor espiritual hasta que simplemente suceda, como un minucioso accidente, como el intrincado y a la vez clarísimo canto de cualquier pajarito”.
De hecho, uno de los principales méritos de Marcelo es poder hablar con semejante naturalidad en una de las métricas más exigentes de la poesía clásica. Sin duda, sus abundantes lecturas de autores clásicos lo han asistido en la tarea. Así, se notan nítidamente los tonos del spleen de Baudelaire y la angustia de Rubén Darío.
En este diálogo con La Nación/Nación Media, Gill, quien debuta editorialmente con su primer libro individual, explica cómo vieron la luz estos poemas que se salvaron de la purga.
–¿Podés comentarnos cómo fue la génesis de este poemario?
–Este librito se fue escribiendo solo, casi sin que yo me percatara. Escribo o intento escribir sonetos más o menos desde los 18 años. La mayoría de los poemas de este libro los escribí en las horas muertas de mi trabajo, esperando el bus o de noche antes de dormir, en los momentos robados al día. Son textos de hace unos tres años la mayoría, algunos más nuevos y unos pocos de hace una década aproximadamente, que se salvaron del fuego purificador. En algún momento vi que tenía una cantidad decente de sonetos que tenían una cierta variedad temática, pero también cierto tono en común.
VERSO DE ARTE MAYOR
–En los tiempos del “verso libre”, ¿por qué optaste por una métrica clásica como el soneto?
–Aunque no lo parezca a primera vista, es más fácil escribir sonetos. Es una buena costumbre y un buen ejercicio practicar el soneto. Una vez que se han aprendido las nociones básicas de métrica como el conteo de sílabas, el lugar de los acentos, las rimas y la composición de endecasílabos, el verso de arte mayor por excelencia en nuestra lengua.
Una vez que se interioriza esa forma de dos cuartetos y dos tercetos las posibilidades son casi infinitas, tanto temática como formalmente. Stravinsky decía que él necesitaba límites para ser libre y esa es la libertad que nos da el soneto.
–¿Por qué te sentís especialmente cómodo con esta métrica y no en otra?
–Siempre sentí una fascinación por esta forma. El solo hecho de ver esa disposición de estrofas en la página me da una alegría y una curiosidad por ver cómo el poeta ha resuelto el soneto con su propia voz, cómo ha llenado de vino nuevo esa vasija antigua e inoxidable. También pienso que lo moderno hoy en día sería volver a lo antiguo. El verso libre parece ser más fácil a simple vista, pero su misma naturaleza implica encontrar una nueva respiración para cada poema, lo cual no es nada fácil. Quizá sería saludable recordar aquello que decía (Miguel de) Unamuno: “Para novedades, los clásicos”.
–¿Cuáles son tus principales influencias?
–Obviamente (Jorge Luis) Borges, a quien dedico varios sonetos; los barrocos españoles como (Luis de) Góngora, (Francisco de) Quevedo y Lope (de Vega), y creo que sobre todo los modernistas y posmodernistas, tanto de América como de España. Por supuesto, los paraguayos como José Antonio Bilbao, José Concepción Ortiz, Raúl Amaral, (Eloy) Fariña Núñez, entre muchos otros.
RECEPCIÓN
–¿Cómo estás percibiendo las primeras críticas?
–Creo que a mis pocos lectores les está gustando bastante el libro, tanto a entendidos como a personas que a lo mejor no frecuentan tanto la poesía. Creo que es un libro accesible para cualquier lector curioso. No me considero barroco, creo que mi estilo es llano y bastante claro.
Quizá por un lado sea un libro un poco especializado por la forma, pero creo que una persona curiosa podrá encontrar una emoción sincera en términos sencillos en sus páginas. Algo que me sorprendió gratamente es que algunos lectores luego de leerme escribieron sus propios sonetos y estaban geniales. Qué más puede pedir un escritor que emocionar e inspirar, así como otros lo inspiraron a uno mismo.
–¿Te gustaría agregar algo que no te haya preguntado?
–La poesía es un camino, una forma de ver el mundo. Solo espero que más gente se anime a escribir endecasílabos y sonetos antes de aventurarse al torrentoso y arriesgado verso libre. Estoy seguro de que es una práctica beneficiosa, no solo en la escritura, sino también en lo espiritual, como dijo mi amigo el poeta Christian Kent, porque en el soneto así como en el haiku no hay tiempo para rellenos o mentiras. Debemos decir la verdad desnuda y trabajar en la forma para que nuestro soneto no desmerezca de su larga tradición.
HABLA EL POETA CIEGO
Este camino ciego, irrevocable, renueva como siempre mi agonía y la tarde se vuelve noche fría y parece que fuera el responsable.
El encargado de una biblioteca que abarca la totalidad del mundo. Un vago laberinto tan profundo que a medianoche crece y se ahueca.
Deambulo por las calles concurridas y acaso determino despedidas, ordeno los destinos, los ocasos.
Habiendo en este mundo tantos Jorges, yo debo ser aún el mismo Borges... Mi condena es seguir mis propios pasos.