• Toni Roberto

Este domingo Toni nos trae otro artículo referente al último temporal y se detiene en los techos en una charla con Ida de los Ríos Morselli, connotada arquitecta asuncena.

Hace muchos años, Jaime Bestard pintó una obra a la que yo le llamo “Techo de mi madre”, haciendo alusión a un famoso cuadro suyo denominado “Patio de mi madre”.

Esa obra cumbre “techística” y referencial de, tal vez, el pintor paraguayo más importante de la primera mitad del siglo XX, me vino a la mente en la charla con Ida de los Ríos Morselli, de repente, por el temporal y los granizos, las tejas, eso que veíamos comúnmente como parte de la construcción de una vivienda, empezaron a cotizarse por las nubes.

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En las redes empezaban las publicaciones, como si fuera un tablero de Wall Street, donde todos mirábamos los precios inalcanzables de estos pedazos de cerámica devenidos en “oro ku’i” de la construcción.

LAS COLAS BUSCANDO TEJAS

Una publicación en el hoy irreemplazable Whatsapp, sucesor del mensaje de texto y antes del Bíper, hizo que en minutos empiece una infernal cola en un negocio de la avda. Félix Bogado o en lo de Chacho, sobre la avda. Choferes del Chaco, en busca de las otroras muy aristocráticas tejas francesas de los años 70. “Fue el momento en el que los mal vistos techos planos de casas modernas de los años 50 le quitaron la lengua a las tradicionales tejas de cerámica”, dice Ida entre sarcasmo y realidad.

Esta connotada arquitecta, que además se refiere a aquellos antiguos constructores de otras épocas, desde el maestro mayor de obras hasta el ayudante, como una cofradía familiar, donde padres, hijos, sobrinos y vecinos, eran parte del milagro constructivo. “A pesar de que muchos no habían terminado ni el sexto grado, tenían una calidad impresionante de terminaciones”, remarca ella.

LOS 70

Eran los principios de la década del 70 y estos recién recibidos arquitectos empezaban a requerir el trabajo de maestros carpinteros. Así, los techos de lapacho que acompañaban a las gloriosas tejas francesas eran la vedette de la época. Hoy, impensable usar por los precios, por la desaparición de los bosques y su consecuente importancia de preservar la naturaleza.

Descanso un rato, me acuesto en mi dormitorio y miro el techo, recordando con mucha nostalgia al proveedor de ellos, don Papi Zuccolillo, también a Scarpetta, o a mi antepasado familiar materno que migró al Caaguazú en los años 10 del siglo XX, en búsqueda de tan preciado insumo, suplantados hoy por los muy actuales techos termo acústicos de chapa sándwich, que tendrán mucha efectividad, pero que jamás tomarán el lugar de la noble madera y las tejas.

LAS NOBLES TEJAS Y TEJUELITAS DE LOS MICHELETTO

Recordar a las antiguas tejuelitas, ladrillos y tejas de los Micheletto y la memoria de la ya desparecida nieta Tatiana Genovese, promotora de los recuerdos de la olería de sus abuelos en Chaco’í, mezclados con momentos de absoluta nostalgia al escucharle a Ida decir: “Pasaron 50 años y a pesar de los granizos del tamaño de un pomelo que azotó el barrio Recoleta, yo sigo creyendo en este material que, además, refresca nuestras calurosas casas en el verano asunceno”.

A veces parece que las fotos del pasado se hacen exactamente para los textos del futuro. Así siento mirando y remirando esta instantánea de finales del año 1966, de la arquitecta Ida de los Ríos Vda. de Fernández con su uniforme de teresiana en el balcón de la casa de don Carlos S. Netto y doña China Gómez sobre la calle Eligio Ayala. De fondo, techos del barrio Ciudad Nueva, en una zona que hoy ya es solo parte del recuerdo.

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